Se podría decir que el eterno camino que recorremos los seres humanos está destinado a encontrarte. Esta búsqueda suele ser ansía, impaciente, exigente y la mayor parte de las veces desagradecida.
Probablemente, yo haya sido una de esas personas que en muchas ocasiones haya desvalorado y rechazado tu oferta. Algunas por egoísmo, otras, quizás, por ceguera. Hace tiempo que me propuse valorar tus pequeños regalos, más allá de esperar eternamente a que vinieras acompañada del tú que yo misma había idealizado. Es por eso por lo que te escribo, para agradecerte ese pequeño regalo que me brindaste ayer. Quizás te parezca una tontería, pero aquel momento pseudohippie en el coche me encantó. Éramos tres personas muy diferentes entre sí (alguno más flipaillo que otro) pero los tres cantábamos (o gritábamos), reíamos y, en definitiva, nos sentíamos felices. Tengo la sensación de que ese ha sido uno de esos momentos sencillos que dentro de unos años me encantará recordar.
Espero que no te moleste, que dedique unas líneas también a las dos personas que me acompañaban en el coche. Una, dedicada al arte de los reactores y a otros artes más literarios. La otra… ¿qué decir de la otra? Creo que nada, él ya lo sabe. Pues eso, que gracias por esos momentos de risas compartidas, helados, crepes, fotos prohibidas… al fin y al cabo son los que permanecerán en la memoria, ésa que espero que no sea como la de los peces, y que al menos me permita conservarlos durante algunas décadas.
Sin ningún otro motivo por el que seguir escribiéndote. Reitero mis agradecimientos. Y espero que sigas brindándome esos bellos momentos a mí y a la gente que quiero.
martes, 23 de junio de 2009
domingo, 7 de junio de 2009
Carta al mar
Supongo que será por haber nacido en una ciudad interior y que mis encuentros con el mar se remiten a excursiones domingueras o días de camping, que pasear por la orilla de la playa o sentarme a ver el sol esconderse detrás del mar, son para mí de las actividades más placenteras que existen.
Cuando tengo oportunidades de sentarme a la orilla, suelo pensar que el gigante azul debe estar triste. Nos hemos dedicado a sobreexplotar sus recursos, a utilizarlo como vertedero contaminando cada centímetro de sus aguas, maltratando a los millones de seres vivos que lo pueblan. Pero, probablemente, la mayor de sus tristezas sea contemplar como, cada año, cientos de personas se juegan la vida en sus aguas para llegar a España. Quizás, se sienta culpable por la muerte de muchas de ellas.
Escribo esta carta al mar para decirle que él no tiene la culpa de tantas muertes injustas, que los culpables somos otros, pero que continúe estando triste, que no olvide ni mire para otro lado como hacemos todos, que siga alzando su voz contra una de tantas barbaridades provocadas y consentidas por los seres humanos. Cada año desaparecen en sus aguas muchas personas que, animadas por el instinto de supervivencia y por la necesidad extrema de sobrevivir a una situación de pobreza y violencia inconcebibles, deciden emprender un viaje a la “tierra prometida” con consecuencias imprevisibles.
Solo espero, querido mar, que para ti, esas personas sigan teniendo nombre y apellidos, y una profesión y una familia y unas ilusiones y unas esperanzas. No permitas que se conviertan en un número, porque si conservan el nombre, al menos, al igual que las víctimas del Airbus que se estrelló la semana pasada en tus aguas, podrán ser lloradas y recordadas y se hará lo imposible por devolver, aunque sea un cuerpo inerte a las apenadas familias.
Nosotros ya hemos interiorizado que hay personas de primera, segunda, y ya no sé hasta que otras categorías vamos a llegar, pero por favor, tú no lo hagas. No lo olvides nunca, no te contagies del egoísmo humano. Por favor, no lo hagas.
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